La Línea F del subte de Buenos Aires, anunciada como la obra de infraestructura más importante de la Ciudad en décadas, avanza entre promesas de modernización y una historia de demoras que generan escepticismo. El proyecto, que busca conectar Barracas con Palermo a través de un recorrido de 9,8 kilómetros y 12 estaciones, representa la primera expansión real del sistema de subterráneos en 25 años. Con una inversión estimada de u$s 1.350 millones, la nueva línea promete transportar a más de 300.000 pasajeros diarios, descongestionar la saturada Línea C y reducir los tiempos de viaje transversales en hasta un 40%. Sin embargo, el inicio de las obras —previsto para 2026— llega tras 16 años de postergaciones bajo gobiernos del PRO, el mismo partido que hoy lidera el Jefe de Gobierno, Jorge Macri.

El trazado de la Línea F incluirá estaciones de última generación en puntos clave como Constitución, Plaza Italia/Ecoparque y Pacífico, con combinaciones directas con las seis líneas de subte existentes y los ferrocarriles Roca y San Martín. Este diseño técnico, que incorpora tecnología avanzada en señalización y coches con aire acondicionado, busca optimizar la conectividad metropolitana y aliviar la presión sobre el transporte público. No obstante, la demora en la concreción del proyecto —cuya ley fue aprobada en 2001— refleja una falta de prioridad histórica en la expansión del subte, a pesar de la creciente demanda de movilidad en la Ciudad.

Uno de los aspectos más criticados es la lentitud en la ejecución de los estudios previos y la licitación, que recién en 2025 comenzó a tomar forma concreta. Aunque se espera que las primeras seis estaciones estén terminadas para 2031, expertos en transporte y urbanismo cuestionan la metodología “llave en mano” adoptada, que podría encarecer la obra, y la reducción de paradas en el trazado original, priorizando velocidad sobre conexión barrial. Esta decisión genera preocupación, ya que una línea de subte no solo debe ser eficiente en el traslado rápido, sino también integrar efectivamente los barrios y sus puntos de interés.

El proyecto incluye la construcción de un taller de averías generales, cocheras y un lavadero automático de coches en la estación Brandsen, lo que garantizará el mantenimiento de las 14 formaciones que circularán por la línea. Además, se destaca la integración con el TramBus, un sistema de transporte superficial que complementará la red, aunque algunos lo consideran una solución parcial que no reemplaza la necesidad de más infraestructura subterránea. La Línea F, junto con la renovación de coches en las líneas A, B y C, forma parte de un plan más amplio para modernizar el transporte público, pero su impacto real dependerá de la capacidad de cumplir con los plazos anunciados.

La demora en la concreción de la Línea F no es un hecho aislado, sino el resultado de una sucesión de prorrogas y cambios de prioridades bajo administraciones del PRO. En 2020, el entonces Jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta descartó su construcción durante su mandato, y recién en 2025 se relanzó la licitación, con un cronograma que prevé el inicio de obras en 2026 y la finalización del primer tramo en 2031. Este ritmo contrastante con ciudades como Santiago de Chile, donde la red de metro creció exponencialmente en el mismo período, pone en evidencia las limitaciones de la gestión porteña en materia de planificación y ejecución de obras públicas.

Para los usuarios, la Línea F representa una esperanza de mejorar la movilidad en una ciudad donde el transporte público colapsa a diario. La línea no solo conectará barrios estratégicos, sino que también facilitará el acceso a polos de empleo, educación y salud, como el Hospital Rivadavia y la Facultad de Derecho. Sin embargo, la falta de estudios completos y la incertidumbre sobre el financiamiento —en un contexto económico volátil— generan dudas sobre la viabilidad del proyecto en los plazos anunciados. La comunidad espera que, esta vez, las promesas se conviertan en realidad y que la obra no quede nuevamente en el papel.

El impacto de la Línea F trasciende lo técnico: es un símbolo de la capacidad de Buenos Aires para planificar su futuro. Si se concreta, será un paso clave para reducir la dependencia del automóvil y mejorar la calidad de vida de los porteños. Pero el escepticismo persiste, especialmente entre quienes recuerdan que, durante años, el proyecto fue postergado sin explicaciones claras. La gestión actual enfrenta el desafío de demostrar que, esta vez, la obra no será otra víctima de la burocracia o los cambios políticos, sino un legado concreto para las próximas generaciones.

Mientras la Ciudad se prepara para el inicio de las obras, la Línea F sigue siendo un espejo de las contradicciones de Buenos Aires: una metrópolis que aspira a la modernidad, pero que arrastra décadas de demoras en proyectos esenciales. Su éxito dependerá no solo de los recursos invertidos, sino de la voluntad política para llevarla adelante sin nuevos retrasos. Solo entonces los porteños podrán evaluar si, finalmente, el subte dejó de ser una promesa incumplida.


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**Fuente:** Relevamiento informativo, análisis editorial y noticias GCBA


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