Por Sebastián Di Domenica (segunda parte - continuación de: Navegar la historia de Buenos Aires desde las aguas del Riachuelo) La navegación primero llegó hasta la desembocadura del majestuoso Río de la Plata. Ese río amplio y marrón que nos lleva a pensar más en un mar que en un río. Allí están el inicio del Riachuelo con los grandes barcos, y las edificaciones viejas y nuevas del puerto de Buenos Aires. Por supuesto también está el puente de la Autopista a La Plata, que es una de las primeras señales del avance del tiempo.

Más adelante en la navegación apareció La Boca y sus matices. Una costanera preparada para el turismo con bares y museos (como el de Benito Quinquela Martín o el Proa) y a lo lejos las casas más modestas y coloridas, del barrio que cuenta con el equipo de fútbol que suma a la mitad más uno de todos los hinchas del país. 

Por supuesto en esa parte gana protagonismo el puente Nicolás Avellaneda (o los dos puentes) con su estética industrial y su esqueleto metálico e inmenso. 

Allí también se descubre el transbordador (que en este momento no está en funcionamiento) y que durante épocas pujantes del país utilizaban los trabajadores para cruzar el río desde la Isla Maciel (Avellaneda) hasta la Boca para sumarse a las labores diarias de tantas industrias que funcionaban en la zona. Esas son las primeras huellas de un país que ha cambiado. Hoy lo potencial y promisorio en el barrio lo ofrece el turismo y las posibles perspectivas inmobiliarias, y mucho menos las plantas industriales o de servicios, como eran los frigoríficos.

Luego en el recorrido llegamos a Barracas. Y desde el Riachuelo se ven justamente las viejas barracas. Grandes galpones que se utilizaban para almacenar mercaderías y poductos para embarcarlos hacia otros destinos o distribuir en la gran ciudad. Desde las calles del barrio no se ven tan imponentes como desde el río. Porque son enormes. 

Las primeras barracas se contruyeron a inicios del siglo XVIII y tenían como objetivo recibir a los barcos con esclavos que venían desde Africa, pero luego se convirtieron en depósitos de variadas áreas de producción. Muchas de esas edificaciones aún están a la vista desde el agua: reflejan la era de mayor apogeo industrial del país. Hoy en su mayoría están vacías y a la espera de recuperar alguna utilidad, en el nuevo entramado productivo de la ciudad y el conurbano.

En esa instancia del recorrido también se puede ver uno de los edificios más antiguos de la ciudad de Buenos Aires. Es la barraca Peña, que cuenta con un proyecto de preservación y protección, y que en sus orígenes estuvo destinada a la actividad lanera. En una parte del complejo funcionaba una vieja pulpería, anterior al 1800, que en su planta alta tenía un pirigundín o prostíbulo. El edificio, pese al deterioro y al paso del tiempo, aún está en pie y está proyectado recuperarlo. 

Luego también están los diferentes puentes que permiten cruzar de Avellaneda a Barracas, que con menores dimensiones, también exponen los esqueletos metálicos que remontan a tiempos pasados. Muchos de esos puentes en su origen eran levadizos, porque cuando la zona era un foco urbano pujante e industrial, a determinadas horas del día se levantaban para que pasen muchas lanchas de diferentes actividades productivas que circulaban por la vía navegable. 

Lamentablemente ninguno hoy puede utilizarse de esa manera, porque en épocas recientes se le sumaron a sus bases caños de gas que impiden esa movilidad. 

En uno de esos cruces, el Bosch, ocurrió un fatal accidente el 12 de julio de 1930 que causó la muerte de 56 personas. Un tranvía que había partido desde Temperley a las cinco de la mañana, y que finalizaba su recorrido en Plaza Constitución de la ciudad de Buenos Aires, terminó en las aguas del Riachuelo. 

Llevaba a varias decenas de trabajadores, y por la niebla el conductor no pudo ver a la distancia que el puente estaba levantado. A pocos metros de llegar se dio cuenta de la situación, intentó frenar el coche pero no pudo. Por la corta distancia no fue posible y todos cayeron al agua en pleno invierno. 

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Fuente: crónica de Sebastián Di Domenica