Por Sebastián Di Domenica (primera parte) Navegar el Riachuelo es un hecho extraordinario. Y lo es porque en la actualidad está prohibido hacerlo sin permiso especial. Solo pueden surcar esas aguas las embarcaciones que disponen los organismos que gestionan el saneamiento ambiental de la zona. Una acción que comenzó a partir de un fallo de la Corte Suprema y que obligó al estado a iniciar esa ambiciosa tarea en el 2008.
Hace algún tiempo, en febrero de 2024, tuve la oportunidad de subirme a una de esas lanchas de la entidad Acumar para navegar una pequeña parte de los más de 50 kilómetros del del río Matanza Riachuelo. Y desde esas aguas en proceso de limpieza tuve la posibilidad de observar huellas de la historia de la ciudad, de localidades del conurbano; y al mismo tiempo, de nuestra historia como país.
Porque claro, el Riachuelo durante muchas décadas fue prueba y muestra del nivel extremo al que puede llegar la contaminación de un río, en Argentina y en el mundo, ya que llegó a ser uno de los más sucios del planeta.
En aquellos años de pura contaminación (por ejemplo en los 80 y los 90) pasar por allí, al cruzar el puente Pueyrredón hacia Avellaneda o recorrer la costa desde el barrio de La Boca, significaba sentir olores nauseabundos y observar aguas oscuras y muertas llenas de basura a la vista. Fueron muchos años de inconciencia y falta de control. Descargar sobre el río desechos industriales sin tratamiento (con metales pesados incluidos), o liberar aguas cloacales clandestinas, o tirar y amontonar basura y suciedad de todo tipo fueron prácticas muy comunes durante demasiado tiempo.
Entonces aquel río quedó prácticamente abandonado y librado a lo que venga. Y sus kilómetros navegables en zonas urbanas o periurbanas se convirtieron en entornos detenidos en el tiempo, que se vivían y miraban de lejos o con malestar y resignación.
Es por eso que el Riachuelo aún está lleno de huellas de una ciudad que ya no existe, de un conurbano de hace mucho y de edificios urbanos que quedaron detenidos en épocas pasadas. Conserva fragmentos abandonados de esa historia que pasó.
También hay muchas muestras de lo nuevo y de lo que ha cambiado. Por empezar en la zona de CABA y Avellaneda ya no hay olor y el color del agua es más natural, entre marrón y verdosa. Aún son aguas contaminadas pero no tanto como para emanar olores horribles, y lo que es más importante, comienzan a recobrar la vida y su naturaleza. Igualmente falta mucho por hacer en el extenso recorrido, y muchas familias por relocalizar, ya que se busca que a lo largo de la cuenca la costa cuente con 35 metros libres de edificaciones y asentamientos.
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Fuente: crónica de Sebastián Di Domenica
