Ubicada frente a Plaza de Mayo, la Catedral Metropolitana de Buenos Aires es mucho más que el principal templo católico del país. Su arquitectura neoclásica, heredera de un proceso constructivo que abarcó más de un siglo, oculta espacios que narran fragmentos clave de la historia argentina. Entre sus muros, tres rincones se destacan por su valor histórico, artístico y simbólico, y merecen una mirada atenta más allá del recorrido tradicional.
El primero de ellos es el **Mausoleo del General José de San Martín**, un espacio solemne que alberga los restos del Libertador desde 1880. Diseñado por el arquitecto Enrique Alberg, el mausoleo se integró a la nave lateral izquierda tras superarse las resistencias iniciales de la Iglesia, que cuestionaba la condición masónica de San Martín. El lugar alberga no solo sus restos, sino también los de los generales Juan Gregorio de Las Heras y Tomás Guido, así como dos coronas: una con palmas de Yapeyú, lugar de nacimiento del prócer, y otra con gajos de pino de San Lorenzo, escenario de su primera victoria en suelo americano. El féretro, de bronce, descansa bajo una losa de mármol negro, custodiado por granaderos en turno permanente.
Otro punto de atracción es la **cúpula central**, que se eleva 41 metros sobre el crucero y corona el espacio interior con una luz tenua que filtra a través de sus vidrieras. Esta estructura, junto a las 12 columnas corintias de la fachada —que representan a los doce apóstoles—, refleja la influencia neoclásica francesa que Próspero Catelin y Pedro Benoit imprimieron en 1822. El bajorrelieve del frontispicio, obra del escultor Joseph Dubourdieu, recrea el encuentro bíblico entre Jacob y su hijo José en Egipto, añadiendo un detalle artístico que a menudo pasa desapercibido para los visitantes.
El **altar mayor** completa la trilogía de espacios imperdibles. Dorado y de imponentes proporciones, domina el centro de la nave con una opulencia que contrasta con la austeridad exterior del templo. Flanqueado por las catorce estaciones del Vía Crucis, pintadas por Francesco Domenighini, este altar es el corazón litúrgico de la Catedral y un ejemplo del esplendor artístico del siglo XIX. Las pinturas, originalmente ubicadas en la Iglesia del Pilar, fueron trasladadas para enriquecer el ambiente sagrado del lugar.
La Catedral, declarada Monumento Histórico Nacional en 1942, también funciona como un museo en honor al Papa Francisco, quien ejerció como arzobispo de Buenos Aires entre 1998 y 2013. Aquí se exhiben objetos personales y litúrgicos que usó durante su ministerio, un agregado moderno que complementa el valor histórico del edificio. Este último, por cierto, es el sexto que se construye en el mismo solar desde la fundación de la ciudad en 1580, un dato que subraya la resiliencia de un lugar que sobrevivió a incendios, inundaciones y fallas estructurales.
El recorrido por estos tres rincones permite entender la dualidad de la Catedral: por un lado, su rol como símbolo religioso y, por otro, su condición de panteón laico y galería de arte sacro. La combinación de estilos, desde el neoclásico hasta el barroco de los retablos, refleja las capas de historia que se superponen en su interior. Para los visitantes, el desafío está en prestar atención a los detalles, como el material de las columnas o la iconografía de los vitrales, que revelan las influencias europeas y locales que moldearon su identidad.
El acceso es gratuito, aunque se ofrecen visitas guiadas y audioguías en varios idiomas para quienes busquen profundizar en su legado. Ubicada en San Martín y Rivadavia, la Catedral sigue siendo un punto de referencia obligada en el casco histórico porteño, no solo por su imponente presencia frente a la Plaza de Mayo, sino por los tesoros que guarda en su interior.
fuente: turismo GCBA y relevamiento histórico y arquitectónico
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